martes, 6 de diciembre de 2011

La vida no es una escuela de negocios

Durante las ?ltimas semanas, mientras le?a las descripciones que los diarios presentaban del nuevo primer ministro italiano, Mario Monti, destacando unos rasgos que lo situaban en las ant?podas del saliente Silvio Berlusconi y dando a entender que con el relevo era toda una ?poca lo que quedaba atr?s, no pod?a por menos que echarle un recuerdo a un particular tipo de damnificados por dicha ?poca.

Los especuladores siguen imponiendo pol?ticas, tumbando Gobiernos y cambiando Constituciones

Seg?n Gilles Lipovetsky, "nunca se nos quiso tan competitivos. Nunca mordimos por tan poco"

Los adjetivos con los que ha tendido a describirse a Monti han sido todos poco m?s o menos de parecido tenor: "justo", "riguroso", "austero", "sobrio", "competente", "europe?sta", "prestigioso"... (tambi?n se le ha calificado de "pragm?tico", "tecn?crata", e incluso no ha faltado quien, aguando la fiesta de los elogios, ha recordado su pasado como director europeo de la Trilateral o como asesor de Goldman Sachs cuando esta compa??a ayud? a ocultar el d?ficit del Gobierno griego de Karamanlis, pero eso hace menos al caso para lo que pretendo plantear a continuaci?n). Se trata de unos adjetivos que, sin muchos m?s a?adidos, invitan a pensar en el perfil de un calvinista en sentido laxo, esto es, de un defensor de una cultura del trabajo que no ha sido, desde luego, la preponderante en esta etapa de capitalismo de casino y despilfarro que ha desembocado en la situaci?n de crisis econ?mica global que estamos padeciendo.

Y aunque, sin duda, el m?s m?nimo sentido de la solidaridad obliga a recordar en primer lugar a tantas personas que, o han perdido lo que ten?an (trabajo, vivienda, ahorros...) o, tras a?os de esfuerzo y formaci?n, no est?n pudiendo ver cumplidas las m?s m?nimas expectativas de alcanzar una vida digna, acaso tambi?n resulte de utilidad, aunque solo sea para hacerse una idea aproximada de la magnitud del desastre, dedicarle un minuto de atenci?n a esos otros damnificados a los que me refer?a en el primer p?rrafo. Me refiero a todos esos j?venes a los que convencieron de que se hab?a inaugurado un nuevo orden en el mundo en el que la fantas?a del enriquecimiento r?pido no era tal, sino que estaba fundamentada en un difuso darwinismo social, que explicaba, al tiempo que legitimaba, el hecho de que solo fueran unos pocos (presuntamente los m?s aptos) los que se beneficiaban de dicha riqueza. En el fondo, se les dijo, era una nueva forma de justicia natural, administrada por los poderosos en beneficio de los m?s aptos. Cu?ntas pel?culas no habremos visto en que el joven abogado, ambicioso, tenaz y pele?n, pero en ?ltima instancia leal con su empresa (durante un tiempo, Tom Cruise parec?a encarnar a la perfecci?n ese personaje-modelo), ve?a premiadas por sus jefes tales virtudes con el reconocimiento por su trabajo, el ascenso social y, c?mo no, el dinero.

La fantas?a hizo fortuna (nunca mejor dicho). Hubo cursos acad?micos en los que la proporci?n de estudiantes de selectividad que en este pa?s aspiraban a estudiar alguna variante de direcci?n de empresas (el tipo de empresa por dirigir no parec?a importar gran cosa, por cierto) era abrumadora. Pero aquel perverso mix de aspiraci?n al triunfo, ambici?n de poder y codicia que abarrot? las aulas de tantas escuelas de negocios estall? junto con la burbuja, y ahora tambi?n muchos de aquellos j?venes han despertado en una realidad muy diferente a la que hab?an fantaseado. "Nunca se nos quiso tan individualistas y tan competitivos. Nunca mordimos tanto por tan poco", declaraba recientemente el fil?sofo franc?s Gilles Lipovetsky. Pues bien, tal vez incluso esa descripci?n, certera hasta hace bien poco, haya empezado a quedar obsoleta. Hoy toca morder por nada. O quiz? sea m?s exacto decir que no hay nada que morder.

?Podr?n reciclarse todos esos j?venes a una cultura del trabajo, basada en el esfuerzo y el gusto por el producto bien hecho en una sociedad como la nuestra, en la que, adem?s de no haber trabajo (de un tiempo a esta parte, ni siquiera para ellos), los peri?dicos nos informan a diario de que aquellos especuladores, en cuyo fest?n dichos j?venes so?aron en participar, siguen campando por sus respetos, haciendo y deshaciendo a su antojo, tumbando Gobiernos, cambiando Constituciones e imponiendo pol?ticas de acuerdo a su variable conveniencia? No les va a resultar f?cil. Creyeron estar en el secreto y ahora se encuentran con que, expulsados del para?so, les toca vivir en un mundo y de una forma que fueron educados para despreciar profundamente.

Quede claro: les compadezco solo lo justo. Pero no dejan de ser, a su manera (insisto: privilegiada), v?ctimas de un desorden que se quiso hacer pasar por orden y que, por a?adidura, se presentaba como modelado de acuerdo con unos valores de nuevo cu?o. Es a ellos a quienes corresponde empezar a reconsiderar sus antiguas convicciones y darse cuenta de lo insostenible de alguna de las mismas. Acaso un ejemplo deje m?s claro lo que estoy intentando plantear. No tengo nada que objetar al hecho de que DSK haya tenido que responder p?blicamente por su reprobable conducta (en la m?s ben?vola de las interpretaciones, fronteriza con el acoso sexual), pero no deja de resultarme inquietante una comparaci?n. En la pel?cula Inside job aparece una madame neoyorquina que cuenta con todo lujo de detalles c?mo operaban muchos de los altos ejecutivos que terminaron llevando a la ruina a todos los ciudadanos que confiaron en ellos. Endosaban a las compa??as en las que trabajaban los cargos de los complacientes servicios que las pupilas de aquella les dispensaban. Por supuesto que tan avispados tipos facturaban tales cargos en concepto de gastos de representaci?n, mantenimiento (tal vez aqu? haya alguna parte de verdad), servicios t?cnicos y otros alardes de imaginaci?n contable.

Sorprende, si no estuvi?ramos ya todos curados de espantos, que tan c?nica prodigalidad no haya movido a un esc?ndalo an?logo al provocado por la lujuriosa conducta del pol?tico franc?s (al menos un aire de familia presentan ambas situaciones, ?no les parece?), ni que a nadie parezca hab?rsele ocurrido la necesidad no solo de sancionar de alguna manera tales excesos, sino de reflexionar acerca de qu? medidas habr?a que tomar para evitar que pudieran repetirse. Pero toca empezar a plantear las cosas en tales t?rminos. Acaso haya llegado la hora de aplicar, tambi?n a esa esfera presuntamente privada que es la econom?a, y en la que unos cuantos se cre?an al margen y a salvo de todo, alguno de los criterios y valores que en la esfera p?blica se exigen cada vez m?s (y con toda raz?n, por cierto). Pienso, por ejemplo, en la reclamaci?n de transparencia, que no debiera ser dirigida en exclusiva a los profesionales de la pol?tica. A fin de cuentas, en un momento como el actual, en el que el poder pol?tico no ha dejado de perder peso en beneficio del poder econ?mico, y este ha ido aumentando su capacidad de influir en la esfera pol?tica hasta extremos antes inimaginables, parece absolutamente justo que exista tambi?n un control sobre ?l.

En vez de eso, con lo que nos encontramos es con que, cuanta mayor es su capacidad de influencia, menor es su visibilidad. Tal vez a quienes se formaron teniendo como ?nico horizonte el enriquecimiento propio lo que estamos proponiendo les parezca un aut?ntico volantazo en materia de ideas, pero a fin de cuentas probablemente no les quede otra, a no ser que prefieran quedarse en un rinc?n, lami?ndose las heridas. Se ha convertido en un lugar com?n en los ?ltimos tiempos el eslogan de que la pol?tica se ha de hacer tambi?n fuera de las instituciones. Llevemos la idea, que nadie parece querer discutir, hasta sus ?ltimas consecuencias. Porque "fuera de las instituciones" significa, por supuesto, la calle, pero tambi?n esos otros lugares (incluyendo los despachos o los parquets de Bolsa) donde asimismo se juega nuestro futuro y que, precisamente por ello, han de ser objeto de control y, sobre todo, de transparencia. La pregunta pendiente, claro est?, es: ?por qu? la izquierda no se atreve a plantear la cuesti?n de la democracia econ?mica? Entretanto alguien se anima a responderla, unas ?ltimas palabras para los destinatarios de este art?culo: chicos, esto no es una escuela de negocios, es la vida.

Manuel Cruz es catedr?tico de Filosof?a Contempor?nea en la Universidad de Barcelona.

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